resolver la cuestión de la toma de decisiones económicamente racionales.
Primera Parte: LA ECONOMIA SOLIDARIA COMO REALIDAD.
fuente Profesor Luis Razeto.
PRIMERA UNIDAD. Contenidos de la Unidad: Orígenes, evolución y estado actual de la economía solidaria.
La Economía Solidaria como respuesta a necesidades socio-económicas, a dificultades teóricas y a aspiraciones de transformación. La Economía Solidaria es Realidad, Teoría y Proyecto. 25 AÑOS DE "ECONOMÍA SOLIDARIA". Iniciamos este curso de ECONOMIA SOLIDARIA, que es parte de la CATEDRA LATINOAMERICANA DE ECONOMÍA SOLIDARIA , cuando se cumplen 25 años desde que por primera vez se utilizara la expresión "economía solidaria". Pienso que este hecho justifica que comencemos el curso haciendo una breve referencia a esos orígenes de la expresión, y también al proceso de desarrollo y al grado de avance que ha tenido en este período la economía solidaria. Así, llegando hasta hoy, tendremos una visión panorámica de la situación actual, del “estado del arte” como suele decirse en cierto lenguaje académico. COMO Y DONDE SE ORIGINA LA EXPRESIÓN "ECONOMÍA SOLIDARIA". Personalmente escuché por primera vez la expresión "economía solidaria" en 1981, y creo que aquella ocasión fue la primera vez que se utilizó esa expresión con un significado de algún modo coherente con lo que hoy día entendemos por Economía Solidaria. Es interesante notar que se trata de una expresión que no tuvo, como tantas otras, un origen académico; ella no fue formulada por un intelectual, por alguien que quisiera desarrollar alguna concepción teórica, sino que surgió en la realidad social misma, de organizaciones sociales. En efecto, surgió de personas que necesitaban darle un nombre a lo que ellas estaban haciendo y organizando. Era un encuentro de muchas organizaciones de base que se habían creado en aquellos años en Chile, en las poblaciones marginales de la ciudad de Santiago, en el contexto de la dictadura militar. Se había cumplido la implantación autoritaria del modelo económico neoliberal, que había implicado una reorganización completa de la economía, del funcionamiento del mercado, del papel que cumplía el estado en relación con los procesos económicos y sociales. En ese contexto estaban surgiendo, desde los grupos y sectores marginados, excluidos, empobrecidos por la implantación de ese modelo económico, muchas organizaciones que entonces llamamos "organizaciones económicas populares", tales como talleres laborales, talleres solidarios, organizaciones de comprando juntos, ollas comunes, comedores populares, centros de abastecimiento social, grupos de autoayuda, etc. Mediante la iniciativa de varias instituciones de apoyo, de organizaciones no gubernamentales, de entidades de las Iglesias, y de los mismos grupos organizados, se realizaba un encuentro de representantes de aquellas organizaciones populares, al que asistían unas 400 a 500 personas. Uno de los temas que estaba en la agenda era el reconocer y descubrir la identidad de esas iniciativas de organización popular que habían surgido en ese contexto tan especial, y encontrar también un nombre común, una expresión que permitiera identificarlas a todas y generar un cierto sentido de pertenencia a esa realidad en expansión; ellas necesitaban darse un nombre para hacerse presente y tener una identidad que permitiera a quienes integraban ese proceso, reconocerse siendo parte del mismo y también darse a conocer y ser reconocidos socialmente por otras organizaciones, por otros movimientos, por otros grupos sociales. Las organizaciones, como acabo de mencionarlas, tenían distintos nombres. Cada una se había dado un nombre propio, y por las características de las actividades que realizaban, también tenían un nombre específico, que agrupaba en algún caso, a quienes eran organizaciones productivas, otras que realizaban actividades de comercialización, otras que realizaban actividades de consumo, y era necesario encontrar, descubrir cual era la identidad general, qué era lo que tenía en común, lo que de alguna manera pudiera generar un sentido de pertenencia, algo en la cual todas pudieran sentirse representadas. Y en esa búsqueda de un nombre, de una identidad y de un sentido de pertenencia había dos posiciones, había dos enfoques bastantes distintos, que de hecho venían polemizando desde hacía un tiempo, tal vez dos o tres años. En realidad la polémica o el debate sobre estos temas era más propio de las personas que apoyaban estas organizaciones, o sea se daba entre los profesionales y organizaciones de apoyo; pero igual trascendía a las organizaciones populares mismas. Había un sector que enfatizaba el carácter de organizaciones "económicas", enfatizando que eran esfuerzos que realizaban estas personas para resolver sus problemas de subsistencia, en primer término. Problemas de subsistencia en sentido del acceso y la provisión de bienes y servicios básicos para vivir, pero que podían proyectarse más allá de la simple subsistencia y llegar a constituir unas experiencias económicas que les permitieran progresar, avanzar en la solución de sus necesidades y sus aspiraciones económicas. Así, una posición era enfatizar ese carácter de organizaciones económicas. La razón para enfatizar esta dimensión no era porque se quisiera postular un economicismo de esas organizaciones, que eran también reconocidas como pequeños grupos y organizaciones sociales, sino que había detrás una cierta convicción, ideológica tal vez, de que lo económico era fundamental: la base sobre la cual era posible construir alternativas o generar una posición que pudiera, también, contraponerse o al menos manifestar o testimoniar la posibilidad de que la economía fuera distinta a la economía de mercado, a la economía neoliberal que se estaba implantando en el país. La otra posición enfatizaba el carácter de organizaciones solidarias. Decían “estas no son organizaciones económicas, lo económico es solo un pretexto, o casi, para desarrollar organización social, para desarrollar vida solidaria, para generar organizaciones que pudieran luchar por los derechos humanos, defender la convivencia civil, mantener viva la organización social en ese contexto tan difícil que era el de la dictadura”. Entonces se enfatizaba el carácter de organización solidaria. Y se pensaba, desde esa óptica, que eran organizaciones que debían ser transitorias, que no podían constituir una propuesta más amplia, ni entenderse como una alternativa económica o social, sino que eran mas bien organizaciones de resistencia, organizaciones de sobrevivencia. Pero de sobrevivencia no tanto en el sentido económico, sino de mantención de vida y de organización social. Entonces se pensaba que esas organizaciones, una vez terminada la dictadura, cuando volviera la normalidad, cuando se retornara al tipo de economía que se había conocido hasta entonces, con una fuerte participación del Estado, esas organizaciones dejarían de tener sentido y dejarían de proyectarse. Ellas se explicaban por la situación que se vivía y por el contexto que se imaginaba transitorio, sin mayor potencialidad. Entonces, en el debate entre enfatizar el carácter económico y enfatizar el carácter solidario de las organizaciones, en un momento dado, una señora, una mujer integrante de una organización de base, dijo que esa discusión se podía zanjar -no recuerdo bien si lo dijo en esos términos-, proponiendo un concepto de convergencia entra las dos posiciones. Dijo: “nosotros somos organizaciones económicas y somos organizaciones solidarias, somos las dos cosas, nosotros hacemos economía solidaria”. Y ahí fue cuando escuché por primera vez la expresión Economía Solidaria. Yo no se si en algún lugar de América Latina o en otro lugar del mundo se haya utilizado esa expresión con anterioridad. Yo he buscado, hemos buscado, rastreando textos, revistas, y preguntando a algunas personas que se han vinculado a la economía solidaria, tratando de encontrar antecedentes. Pero no los hemos encontrado, de tal manera que yo afirmo y pienso que el origen de la Economía Solidaria, como expresión, fue aquél. Y es interesante y destacable este origen, en cuanto no es un término que salga de la cabeza de un intelectual sino que surge de un movimiento de organizaciones que buscan darse un nombre, que buscan una identidad, que buscan reconocerse así mismos y representar lo que son, para sí y ante otros, lo cual tiene un extraordinario valor. Por ello creo importante, desde ese punto de vista, asumir que efectivamente ese fue el origen de la expresión "economía solidaria". Las indagaciones que hemos realizado apuntan a confirmar que efectivamente ese fue el origen de esta expresión. Ahora, naturalmente que la Economía Solidaria hoy día, es mucho más que eso, abarca una realidad mucho más amplia respecto a lo que en aquel momento se nombraba o se buscaba nombrar con esa expresión. Y sin embargo, es genuina, por que esa realidad que se nombraba con esa expresión contenía muchos de los principales elementos de lo hoy entendemos por Economía Solidaria, y esa realidad es también parte, significativa e importante, del tipo de organizaciones y procesos que hoy en día reconocemos siendo partes de la Economía Solidaria. CONTRIBUCIÓN DEL PROFESOR A LA FORMULACIÓN DEL CONCEPTO DE ECONOMÍA SOLIDARIA. Han pasado 25 años desde ese momento, y la Economía Solidaria es una realidad constituida ampliamente, que se ha ido desplegando en muchos ámbitos. Quisiera decir que en ese despliegue creo haber tenido una participación significativa, empezando por el hecho que en ese mismo contexto en que se utilizó por primera vez la expresión Economía Solidaria participaba, desde una institución que apoyaba esas organizaciones, en dos procesos de investigación o de elaboración intelectual. Uno era un trabajo de sistematización sobre las organizaciones económicas populares, una parte de las cuales estuvieron representadas en aquél encuentro. Era un proceso de investigación que tenía el mismo propósito de ese encuentro: descubrir esa identidad, descubrir las potencialidades que pudieran tener esas organizaciones, sus limitaciones, detectar hacia donde pudieran derivar, cuales podían ser los mejores modos de apoyarlas, de contribuir orientándolas del mejor modo hacia el logro de sus propios objetivos. Esa era una investigación de campo, que realizábamos entre varias personas y que dio lugar a un libro que titulamos “Las Organizaciones Económicas Populares”. Sin todavía asumir la expresión economía solidaria, el libro fue publicado algo después del uso de esa expresión. Creo que por ahí se menciona Economía Solidaria en el texto, pero no asumimos esa expresión porque en el grupo de investigación estábamos orientados a enfatizar el carácter económico de esas organizaciones populares, y especialmente había una persona del equipo que era muy enfática en destacar la dimensión popular de esa economía. Ahora, paralelamente a ese estudio yo realizaba una investigación que había iniciado mucho antes y que era parte de una búsqueda intelectual más rigurosa en términos analíticos y conceptuales, tendiente a identificar y formular un nuevo modo de organización económica, que pudiera postularse como una alternativa económica eficiente, al menos a un nivel microeconómico o a nivel sectorial. O sea, buscaba concebir y crear un tipo de empresas que fueran eficientes y que al mismo tiempo tuvieran valores y modos de relación efectivamente solidarios; que fueran organizaciones justas en cuanto al modo de distribución de los ingresos, al modo de propiedad, al modo de organizar económicamente sus actividades. Es decir, donde hubiera todos esos elementos de integración humana, esos elementos que hacen al hecho comunitario, y que operando en el mercado alcanzaran viabilidad y eficiencia sin necesidad de que mantuvieran beneficios tributarios y otras ventajas o apoyos del Estado. Esa investigación había partido del estudio del movimiento y de las organizaciones cooperativas y autogestionadas, que hasta aquellos años constituían la expresión más importante de la búsqueda de economías no capitalistas, de formas de organización concretas a nivel microeconómico y a nivel de movimiento y de sector económico, constitutivas de una alternativa frente al capitalismo, y que tenían una larga trayectoria que se extendía por lo menos dos siglos. Pero esas organizaciones económicas mostraban ineficiencias. Eran la búsqueda de economías alternativas basadas en la cooperación y no en la competencia, que ponían el trabajo por sobre el capital, al hombre por sobre las cosas, en donde se realizaba economía aplicándose valores humanos y sociales de justicia, solidaridad, autonomía, libertad. Tenían la intención de reemplazar a las formas económicas capitalistas. Pero esos movimientos cooperativos y autogestionarios no parecían tener el dinamismo, pujanza y capacidad de crecimiento en el mercado necesarios, de modo que se mantenían -aunque hubieran logrado un amplio desarrollo- limitados a ciertos ámbitos de la actividad económica, y necesitaban para sostenerse muchos apoyos del sector público, subsidios del Estado, excensiones tributarias u otros beneficios. Y naturalmente, mientras eso fuera así, esas experiencias no podían alcanzar verdadera autonomía, ni podían alcanzar el nivel en que pudieran postularse como alternativas frente al capitalismo. Entonces esa investigación estuvo, en toda una primera parte, orientada a identificar los límites y las razones estructurales de aquellas limitaciones, descubrir por que, no obstante los valores superiores con que estaban organizadas, no lograban eficiencia. En la segunda parte se planteaba construir alternativas, formular una propuesta de empresas y de formas de organización económica que, manteniendo vigentes todos esos principios y valores de justicia, solidaridad, autonomía y cooperación, fueran eficientes en su funcionamiento en el mercado, que es donde las actividades económicas demuestran su validez y se prueban y son validadas por el resto de la sociedad y las personas que en el mercado hacen sus opciones por productos elaborados por unas u otras tipos de empresas, que hacen también sus opciones de colocar su fuerza de trabajo o sus recursos en uno u otro tipo de empresa. Para ser alternativa, debía ser una economía que se validara en el mercado. De esa investigación surgió un libro que tenía como título “Empresas de Trabajadores y Economía de Mercado”, que era precisamente una propuesta basada en el estudio del cooperativismo, pero que postulaba la necesidad de una renovación profunda de ese tipo de economía, pero no solamente una renovación profunda sino que planteaba la necesidad de una refundación del cooperativismo, refundación sobre bases teóricas distintas, sobre bases de pensamiento económico diferente al que había alimentado y sostenido esos procesos a través de tantas décadas sin conducirlos a un resultado como el esperado, de ser verdaderamente una alternativa efectiva y autónoma. En esa búsqueda de refundación, se hacían propuestas de formas económicas a nivel de producción, pero también de consumo y de todos los ámbitos en que se despliega la actividad económica, bastantes distintas y novedosas respectos a lo que eran las propuestas del cooperativismo y la autogestión tradicionales. Es la propuesta de una teoría distinta sobre cómo hacer economía asociativa, justa y solidaria. Entonces, en algún momento me pareció que era necesario conectar la elaboración teórica con la experiencia que realizaban aquellas organizaciones de base que naturalmente buscaban ser eficientes en cuanto motivadas por sus problemas inmediatos que les exigían encontrar las formas mas adecuadas. Era necesario unir y relacionar ese estudio que realizamos sobre esas experiencias, con esta búsqueda y elaboración más específicamente teórico tendiente a concebir y crear una alternativa económica estructurada racionalmente con máxima eficiencia. ¿ECONOMÍA SOLIDARIA O ECONOMÍA DE SOLIDARIDAD? A mí me gustaba "Economía de Solidaridad" más que "Economía Solidaria", porque me parecía que la expresión Economía de Solidaridad tiene más fuerza que la expresión Economía Solidaria. Economía de Solidaridad tiene la misma estructura conceptual que la expresión Economía de Mercado, que era lo que en aquellos años se predicaba como la forma racional de hacer economía. Entonces empecé a usarla, y escribí un primer libro sobre "Economía de Solidaridad y Mercado Democrático". Posteriormente escribí "Economía Popular de Solidaridad", para hacer referencia a una parte de la Economía de Solidaridad, que era aquella más específicamente conectada con las experiencias de organizaciones económicas populares. Así, lo que inicialmente era un proceso de identificación social de realidades concretas, asociado a un proceso de búsqueda intelectual de una alternativa económica eficiente, adquiere para mí una fuerza enorme, que podía expresarse indistintamente con las expresiones Economía de Solidaridad y Economía Solidaria. De hecho todavía hoy las usamos indistintamente y no hacemos ninguna distinción para los dos términos. Mi preferencia por la expresión Economía de Solidaridad se basa también en que en esta expresión la palabra “solidaridad” se usa como un sustantivo, mientras que en la expresión Economía Solidaria la palabra solidaria se usa como adjetivo: lo sustantivo es la economía, que es adjetivada como solidaria. Pero lo adjetivo es algo que califica lo sustantivo, que lo especifica, que lo determina; aparece en tal sentido como más accidental, menos determinante de la identidad. En cambio el uso de la palabra “solidaridad” como sustantivo y unida con esta preposición “de”, indica que es economía está hecha de solidaridad, que se hace con solidaridad, y eso desde el punto de vista teórico, como lo vamos a explicar más adelante, es algo propio de la naturaleza y esencia de lo que queremos construir cuando hablamos de Economía Solidaria o Economía de Solidaridad. Bueno, esos son los orígenes que me ha correspondido vivir y que he podido seguir, y al cual he podido aportar; unos orígenes que contienen en embrión lo que posteriormente se ha ido desarrollando y ampliando y ganando espacios tanto a nivel de la cultura, del pensamiento social, de la teoría económica, como también a nivel de los procesos sociales reales que se van reconociendo como Economía Solidaria. LA EXTRAORDINARIA EXPANSIÓN Y DIFUSIÓN DE LA ECONOMÍA SOLIDARIA. Desde esos años, o sea en el transcurso de estos 25 años de empleo de la expresión "economía solidaria", hemos podido apreciar no solamente una muy sorprendente difusión de ella sino también una expansión notable de la economía de solidaridad en la práctica. ¿Cuál es la situación actual, el estado del arte, en referencia a la economía de solidaridad?. En primer lugar hay que destacar el hecho que de Economía Solidaria se habla en todo el mundo, y se reconocen formando parte de ellas personas, organizaciones y experiencias en todos los países de América Latina. También se ha difundido por varios países de Europa, especialmente Francia, Italia, Bélgica, Alemania, España. En algunos países de Africa y Asia. O sea, tenemos hoy que esta identidad en construcción que llamamos Economía Solidaria ha alcanzado dimensiones internacionales y mundiales. Hay numerosas organizaciones, decenas y tal vez cientos de miles de organizaciones en toda América Latina y en el mundo que forman parte de la economía solidaria y se reconocen en ella. Hay también muchísimas organizaciones no-gubernamentales que han asumido entre sus propuestas y líneas de trabajo la perspectiva de la Economía Solidaria. Sectores del movimiento cooperativo, en distintos países, también han asumido la economía solidaria como como una identidad más amplia de la cual entran a participar, sin dejar de ser movimiento cooperativo. En varios países la economía solidaria ha sido asumida a nivel oficial, como parte de la propuesta y de las acciones que realiza el estado, adquiriendo en algunos casos una formulación jurídica e institucional. También en mucho países la propuesta de la economía solidaria va adquiriendo centralidad a nivel de los gobiernos regionales y locales, especialmente en los municipios. Por otra parte, en el ámbito del pensamiento económico la concepción de la Economía Solidaria también está adquiriendo cada vez más presencia. Existen muchas universidades que han incorporado la temática de la Economía de Solidaridad a su docencia, y tienen equipos de investigación sobre el tema. Está empezando a comprenderse que la elaboración de pensamiento económico, bajo esta denominación de Economía de Solidaridad, constituye una corriente del pensamiento económico que en el contexto de la disciplina o ciencia de la economía ya no se puede desconocerse. O sea, se va configurando el hecho que entre las corrientes del pensamiento económico debe reconocer el espacio a esta elaboración, a esta manera de concebir la economía y de proyectarla y de postular un modo distinto de organización. También hay organismos internacionales que hablan de Economía Solidaria. Un hecho que me parece significativo es que en el último Foro Social Mundial que se hizo en Porto Alegre, que reúne y convoca a todos los movimientos sociales, grupos de búsqueda de alternativas, motivaciones de cambio, que existen en la sociedad civil en todos los países del mundo, se realizaron aproximadamente 200 eventos con temáticas de Economía Solidaria, constituyendo esto un alto porcentaje del total de los eventos que se desarrollaron sobre temas económicos y sociales. Dicho Foro fue una ocasión para apreciar lo que ha llegado a ser esta Economía de Solidaridad de la cual nos estamos interesando en este curso. Puedo decir que la expansión que ha tenido es mucho más de la que hubiera podido imaginar cuando empezábamos a trabajar con este concepto, y es muy notable por que se expresa en distintos ámbitos, a nivel de organizaciones, a nivel de academia, a nivel cultural y a nivel de la disciplina o ciencia de la economía. Entonces cabe preguntarse ¿por qué? ¿Cuáles son las razones de la acogida que tuvo esta expresión? ¿A que se debe que hay sido tan ampliamente difundida? Y difundida a pesar de que no ha tenido prensa ni cabida en los medios de comunicación, tratándose más bien de un proceso molecular, lento pero sostenido, realizado desde abajo hacia arriba, que hace pensar que habiéndose llegado a esta situación hoy día, de aquí en adelante observaremos, en los próximos años tal vez algo mucho mayor, más potente, mucho más fuerte. Entre los datos de esta expansión olvidé mencionar que se han escrito más de 200 libros sobre la economía solidaria, y varios miles de artículos de revistas. Eso es significativo, sin contar artículos menores, comunicados, expresiones que se difunden a través de la Internet. Si uno abre Economía Solidaria en el buscador Google encuentra 700 mil páginas que hacen referencia a ella, y no es poco. LA ECONOMÍA SOLIDARIA COMO RESPUESTA A NECESIDADES REALES Y ACTUALES. ¿Por qué esta acogida y difusión de la economía solidaria? Yo creo que se explica porque la Economía de Solidaridad y lo que se ha ido construyendo, realizando, pensando o nombrando con esta expresión, responde a una necesidad profunda, o a varias necesidades. Y lo que responde a necesidades y se difunde por que responde a necesidades es algo sólido, consistente, que no se disuelve fácilmente. No es una moda: las modas no responden a necesidades. Las cosas que nacen de un grupo intelectual y que se difunden porque gustan al público pero no responden a necesidades verdaderas y profundas, pueden tener una expansión muy rápida, pero se desinflan como un globo. En este caso estamos frente a algo completamente distinto que explica esta difusión y esta acogida de la Economía Solidaria a pesar de haber tenido poca prensa, escasísimo despliegue de recursos mediáticos, habiendo nacido en la base social y desarrollado desde abajo hacia arriba. Podemos identificar tres grandes necesidades, que corresponden a las tres dimensiones o aspectos que se cobijan o que se enuncian cuando decimos Economía Solidaria. Cuando decimos Economía Solidaria, en efecto, decimos tres cosas distintas: hacemos referencia a una realidad, o a realidades: hay una realidad que se nombra con la expresión Economía Solidaria; hacemos referencia a una teoría, o sea, a pensamiento y elaboraciones intelectuales; y hacemos referencia a un proyecto. La Economía Solidaria es una realidad, es una teoría y es un proyecto; y en esas tres dimensiones existe un reconocimiento, una difusión notable, por que en cada una de ellas la Economía Solidaria responde a necesidades profundas. LA ECONOMÍA SOLIDARIA EN CUANTO REALIDAD. En cualquiera de los países de América Latina cuando se dice Economía Solidaria se está nombrando organizaciones de los más variados tipos: cooperativas, empresas autogestionadas, empresas mutuales, organizaciones económicas populares, organizaciones populares de base que realizan actividades económicas. Se está nombrando grupos que experimentan procesos que despliegas iniciativas de desarrollo local, que intentan beneficiar a la comunidad, que buscan generar empleos y resolver problemas de pobreza o de desocupación. Se nombran instituciones sin fines de lucro, corporaciones, fundaciones, entidades que prestan servicios en beneficio de terceros. Cuando en América Latina o en otros lugares del mundo se menciona Economía Solidaria, tal vez no todos nombran las mismas cosas ni abarcan bajo ese concepto un universo igualmente completo. Algunos usan esa expresión para referirse a cierto tipo de organizaciones y otros para referirse a otro tipo de organizaciones. Pero lo cierto es que la expresión Economía Solidaria se está usando para nombrar, identificar y expresar los contenidos fundamentales de lo que se vive en muchos tipos diversos de iniciativas y organizaciones económicas. Estas iniciativas y organizaciones económicas se encuentran unas con otras y se reconocen afines; descubren al contactarse que comparten muchas cosas: ciertos ideales, búsquedas, proyectos. Descubren que tienen afinidades en sus maneras de hacer economía, que las llevan a establecer vínculos entre ellas, a formar redes. Redes es algo que también existe -olvidé mencionarlo en el recuento de lo que se ha originado en torno a la Economía Solidaria: existe una Red internacional de economía solidaria, existen redes latinoamericanas, redes en varios países, redes que asocian a investigadores de Economía Solidaria, etc. Lo cierto es que con la expresión Economía Solidaria se están nombrando muchísimos tipos de organizaciones, que ellas mismas descubren tener afinidades y muchos elementos en común, y que quieren encontrarse en esas afinidades porque no desean permanecer aisladas sino comunicarse unas con otras para hacer fuerza, para potenciarse, para constituir alternativa, para construir una identidad mas amplia. La Economía Solidaria ha llegado justamente a cubrir la necesidad de tener un nombre común, de tener una identidad compartida, de expresar el hecho de ser parte de algo que se está construyendo entre todos, no obstante tener distintos nombres y orígenes. Economía Solidaria es justamente la expresión que está siendo acogida porque sin negar los nombres particulares de cada tipo de organización enuncia la identidad más amplia de la cual se sienten parte. O sea, el movimiento cooperativo sigue siendo movimiento cooperativo, mantiene su identidad cooperativa, como la conserva el mutualismo, los proyectos de organizaciones económicas populares, los programas de desarrollo social, las propuestas de economía ecológica. Sin perder esas identidades, sin exigirles perder su nombre particular, la expresión Economía Solidaria, por su amplitud, puede ser acogida por todos y denominar algo más amplio a lo cual se pertenece, de lo cual se es parte. Así, nadie puede decir “la Economía Solidaria se agota en este tipo de organización”, nadie podría decirlo por la naturaleza misma del término Economía Solidaria y por lo que se está nombrando con ella. No podrían decir los cooperativistas que sólo son Economía Solidaria las organizaciones cooperativas, como no podría decirse que sólo las mutuales son Economía Solidaria, o que sólo las organizaciones económicas populares son Economía Solidaria. Nadie puede apropiarse de la economía solidaria porque es una denominación muy amplia. Lo que expresa es aquella identidad general, que es una necesidad compartida, la que se está satisfaciendo con este nombre. Y por lo tanto no hay problema en acogerla. El movimiento cooperativo no tiene problema en decir “nosotros somos parte de la Economía Solidaria, porque somos economía, porque somos solidarios, porque nos vinculan muchos elementos en común con otras organizaciones que no son cooperativas y que también se reconocen en este nombre”. Y lo mismo pasa con otros tipos de organizaciones, porque no hay un problema de defender una identidad frente a otros, al contrario, es un nombre capaz de acoger, de integrar todas las identidades particulares sin negar ninguna de ellas. Esa es la gracia que tiene la expresión: ser capaz de acoger, sin negar ninguna de las identidades, pues nadie dice “esto que es Economía Solidaria significa que desde ahora en adelante deja de ser economía cooperativa o deja de ser autogestión”. Todas son formas de la Economía Solidaria, que no niega a nadie ni exige renunciar a ninguna identidad previa. La propuesta de “economía solidaria” es acogida porque estamos ante una necesidad muy evidente para quienes participan en estas diversas experiencias, que se dan cuenta que lo propio y particular que tienen, por valioso que sea, es insuficiente para levantar una propuesta, y no incluye todo lo que se quiere construir. Quien participe en un grupo de trueque, por ejemplo, o en un movimiento de organizaciones de monedas locales o de monedas comunitarias, no puede pensar que allí se agota todo lo que constituye una búsqueda alternativa, por lo tanto, reconociendo que constituyen un aporte específico, asumen ser una parte de la economía solidaria. No sé si destaco bien el valor que tiene esta situación única. Porque normalmente los nombres de los movimientos sociales generan un debate de inclusión y exclusión, sobre quién es y quién no es, que si soy esto dejo de ser esto otro. Y esa necesidad de tener una identidad común, ese sentido de pertenencia en algo más amplio que le dé pleno sentido a lo que se realiza, es real y sentida. Porque cualquiera que pertenece a una organización productiva o una organización de consumo solidario, sabe que allí no se agota todo lo que hay que hacer como propuesta, como búsqueda o como movimiento, que hay que integrarse con otros. Sabe que lo que está haciendo es valioso: quien hace finanzas ética, quien hace consumo responsable, quien hace trueque, quien hace producción cooperativa, quien hace finanzas sociales, sabe que lo que hace tiene sentido, pero no es el sentido completo. Es parte de algo más amplio. La Economía Solidaria ha tenido esa tremenda potencialidad y por eso es que fácilmente acoge. Quienes no la acogen es mas bien por razones ideológicas, o por intelectuales que piensan desde una cierta propuesta política y a quienes no les gusta mucho el término “solidario”, o que “económico” es demasiado restrictivo. Entonces hay ciertas resistencias, pero son resistencias de intelectuales y más políticas. Pero por parte de las organizaciones que realizan estas construcciones alternativas, de las experiencias que despliegan estos procesos, no hay resistencia, al contrario, hay mucho por ganar al asumir y al integrarse a la Economía Solidaria. LA ECONOMÍA SOLIDARIA EN CUANTO TEORÍA. En cuanto teoría, ¿cuál es la necesidad a que responde esta elaboración o esta propuesta de Economía Solidaria?. Yo creo que aquí hay un tema muy profundo, hay algo muy fuerte por el cual la propuesta de la Economía Solidaria constituye una respuesta y la satisfacción de una necesidad importante. Esto tiene que ver con el hecho que todas las búsquedas de economías alternativas, obviamente han estado acompañadas por pensamiento, por propuestas intelectuales, por orientaciones que enuncian lo que se es y lo que se quiere ser. El movimiento cooperativo como proceso de organización es acompañado desde el comienzo por pensadores que elaboraron principios, que elaboraron una doctrina, que elaboraron un pensamiento cooperativo. Los movimientos de autogestión, las búsquedas de experiencias más actuales, de economía social, de monedas locales, de finanzas éticas, de comercio justo, también han estado acompañadas de pensamiento, porque quien construye procesos alternativos tiene que proponerlos y justificarlos socialmente, tiene que expresar su superioridad frente a lo existente, tiene que enunciar los valores que se quieren vivir, tiene que mostrar cual es la filosofía o la ideología o doctrina que sustenta esas búsquedas. Entonces, siempre, todos estos movimientos de economías no capitalistas, economías alternativas, economías basadas en la cooperación y no en la competencia, en el trabajo sobre el capital, se han provisto de pensamiento. Pero es interesante darse cuenta que las elaboraciones intelectuales que han acompañado, desde los orígenes del movimiento cooperativo hasta hoy día, estas búsquedas y prácticas de economías alternativas, han tenido un carácter eminentemente ético. Son propuestas de valores, son propuestas que enuncian la necesidad de justicia en la economía, de lo comunitario, de lo social, de la cooperación. Son propuestas que dan lugar a dos tipos de elaboración intelectual, a dos estructuras de pensamiento distintas: o son doctrinarias, o bien ideológicas. Me explico. Doctrinarias, como en el caso de la “doctrina cooperativa”, o de la enseñanza o “doctrina social cristiana”, o de los enunciados relativos a una finanza ética, a un comercio justo, a un consumo responsable, que se fundamentan en valores, principios y normas. Es un tipo de pensamiento que deriva de una cierta filosofía o concepción del hombre y de la sociedad, y que se traduce en el enunciado de ciertos principios, d los cuales se deriva una normativa, o sea la propuesta de algunas normas que regulan el funcionamiento de las empresas o de las organizaciones que se reconozcan formando parte de esa propuesta. Por ejemplo, del principio cooperativo “un hombre un voto”, o “principio de conducción democrática”, se deduce una normativa que establece que “se constituye una asamblea, donde cada socio tiene igual participación en las decisiones independientemente del capital que hayan aportado”, etc. Y esa normativa se institucionaliza, se refuerza y defiende mediante la dictación de leyes que el propio movimiento cooperativo trata de que los estados legislen, de manera que se garantice esa identidad. Esa es una manera de pensar y concebir la propuesta. La otra estructura del pensamiento que acompaña a las experiencias es de carácter ideológico. Ella es es más propia de otros tipos de movimientos que forman parte la Economía Solidaria, como la “economía autogestionada”, la “economía social” o la “economía ecológica”, que mas que fundarse en una ética filosófica lo hacen en un pensamiento político o en determinados intereses que se quiere defender, promover y generalizar en la sociedad; y entonces se genera un tipo de pensamiento que traducido o aplicado a lo específicamente económico, sostiene que para ser coherentes con la propuesta ideológica, las organizaciones han de adoptar tales y cuales formas o modalidades. Así ha venido ocurriendo desde hace 200 años y todavía hoy, cuando surge un nuevo tipo de experiencias económicas “alternativas”. por ejemplo cuando surgen propuestas como las de clubes de trueque y de monedas comunitarias, o las propuestas de economía ecológica, se las funda sobre concepciones que tienen esas característica; se enuncian valores, se hace referencia a una ética, se indica un deber ser, se alude a un proyecto de sociedad al cual se va contribuir con esas experiencias, y se convoca a las personas y a los grupos a integrarse al movimiento con esas motivaciones ideales, con esas motivaciones éticas, con esas motivaciones ideológicas. Se los invita a participar y se los motiva con ese tipo de pensamiento. Y las organizaciones mismas se orientan tratando de ser coherentes con ese pensamiento, de alejarse lo menos posible de lo que esos enunciados intelectuales dicen que es “el deber ser” respecto al modo de organizarse y de actuar. Pues bien, todas estas búsquedas de economías alternativas han carecido, por tanto tiempo y todavía hoy día, de un pensamiento propiamente económico que dé cuenta de lo que son económicamente, de cómo operan, de cómo alacanzan eficiencia, de cuál es su racionalidad económica. Parece haber ocurrido que, estando tan convencidos de la superioridad ética, de la superioridad ideológica, de la validez del propio proyecto que convoca con suficiente convicción, se cree que basta ese tipo de pensamiento para tener éxito, para resolver los problemas, para tomar las decisiones económicas apropiadas. Se piensa que hay que orientarse por la ética o por la ideología y que eso es suficiente para desarrollarse, para motivar e integrar a las personas que comparten esa manera de pensar, y para orientarse en las decisiones tratando de ser coherentes o aproximarse al “deber ser”. Es así que se ha carecido de pensamiento económico, y en consecuencia de la capacidad de tomar decisiones económicamente racionales, en función de las realidades económicas del contexto económico en que se opera. Hace, en 1920, o sea, ya hace 85 años, un famoso pensador cooperativista francés –André Gide- escribió un artículo que fue muy comentado en su época, con el título “¿Por qué los economistas no aman la cooperación?”, en que invitaba a los economistas a hacerse cargo de estas experiencias de economías distintas. Decía ¿por qué no hay economistas que se interesen en estudiar nuestro tipo de experiencias? Con poco resultado, por que no ocurrió eso hasta mucho tiempo después, y cuando algunos economistas empezaron a pensar “el cooperativismo y la autogestión” lo único que hicieron fue encontrar elementos de irracionalidad en ellos, identificando elementos de ineficiencia. El autor más conocido es Jaroslav Vanek, economista yugoslavo que teoriza sobre el cooperativismo y la autogestión, y que si bien está muy motivado en desarrollar esas experiencias, toda su elaboración conduce a identificar las razones de sus ineficiencias. Poco después de que Gide escribe el artículo mencionado aparece una réplica con el título inverso: “¿Por qué los cooperativistas no aman la economía?”, convocando a los propios cooperativistas a que se acercan a la ciencia económica y traten de entenderla y de formular en términos económicos lo que quieren hacer, lo que quieren proponer. Si nosotros vamos hoy a cualquier biblioteca especializada en cooperativismo, autogestión y economías alternativas, podremos encontrar muchos miles de libros, distinguiéndose una sección de textos sobre doctrina cooperativista y pensamiento alternativo en general; otra sección de libros jurídicos que dan cuenta de las leyes y formulaciones jurídicas, y que analizan, critican y hacen propuestas de reformas legales, etc. Luego están los libros de historia del cooperativismo, historia de las cooperativas en tal país, historia del cooperativismo de consumo, etc. Estarán también los libros que sistematizan experiencias, que resumen y cuentan la experiencia particular del movimiento cooperativo, la experiencia del grupo cooperativo de Mondragón, o de tal o cual otro lugar, y muchos textos que recogen casos y testimonios. Después están los libros que reproducen los debates, las actas de las reuniones internacionales, de los encuentros, de los foros, con sus distintas ponencias y conclusiones. Pero no encontraremos, o muy escasamente, libros de economía, porque muy poco se ha escrito sobre economía cooperativa, autogestionaria o de otro de los tipos alternativos, en el lenguaje y con la metodología de la ciencia de la economía. En una biblioteca especializada donde hay decenas de miles de ejemplares, en que se puede distinguir toda esa gama de textos, no podremos estudiar cómo funcionan económicamente estas experiencias, excepto a través de enfoques críticos. La ausencia de pensamiento específicamente económico es sorprendente, tratándose de búsquedas de economía alternativa. Y esto es no ocurre porque los economistas no amen la cooperación, sino porque las propias búsquedas de economías alternativas tienden a no pensarse como experiencias económicas. Si leyéramos toda esa bibliografía que existe sobre el cooperativismo, encontraremos una enorme cantidad de debates, de discusiones, de textos y de planteamientos orientados a explicar que el cooperativismo no es economicista, que las cooperativas no son empresas que busquen generar ganancias, que el cooperativismo no es economía sino organización social, que es propuesta cultural, que es propuesta de desarrollo, que es propuesta de cambio social, de transformación de la sociedad, que apunta hacia una nueva civilización. Todos elementos validísimos, pero que de alguna manera ocultan o incluso tratan de negar que se trate de auténtica economía. Una explicación de esto está en que hoy y a lo largo de toda la época moderna, cuando pensamos en la economía pensamos en el capitalismo, pensamos que lo económico es algo ligado a intereses individuales, a la búsqueda del lucro y la ganancia, como si fuera algo ilegítimo o que no es tan puro como los principios y valores que se quieren vivir. Como si hablar de economía implicara contaminarse del capitalismo, o participar en algo no coherente con los principios de esta búsqueda idealista y ética. Un largo debate en el cooperativismo estuvo orientado a explicar que una cooperativa no es una empresa sino una organización que gestiona de modo asociativo las actividades económicas de los socios, y que dicha gestión no debe generar utilidades. O sea, una cooperativa no ha de obtener beneficios como empresa, y si se generan esas utilidades, deben revertir a los socios por que son excedentes ilegítimos, obtenidos por haber cobrado más de lo justo por los servicios o productos, de modo que deben devolverse a los socios a prorrata de las operaciones que hayan hecho con la cooperativa. El mismo concepto de “organizaciones sin fines de lucro”, o el de entidades “non-profit”, deja sin clarificar el objetivo económico racional de estas unidades económicas. Son expresiones que se afirman para establecer que no hay motivaciones economicistas, que no se es capitalista; pero al decir non-profit o sin ánimo de ganancia, sin búsqueda de utilidades, se está negando algo que es de la esencia de la economía, más allá de la organización capitalita. Porque toda y cualquier economía busca generar beneficios, producir valor económico, y hacerlo con eficiencia, o sea con el mínimo de costos y sacrificios y con el máximo resultado posible. Estos son temas que vamos a tratar ampliamente más adelante. Los mencionamos en este momento sólo para evidenciar que estas búsquedas de maneras alternativas de hacer economía, siendo plenamente “económicas” en lo que hacen (producir, comercializar, crear una moneda solidaria, ahorrar y otorgar créditos, hacer intermediación cooperativa, etc.) carecen de pensamiento económico que las guíe. Esta situación puede justificarse por el hecho que la ciencia de la economía se ha formulado en una perspectiva capitalista, después se desplegó en una perspectiva socialista y de economía estatal, y ambas orientaciones de pensamiento económico han sido altamente críticas respecto al cooperativismo, el mutualismo, la autogestión y otras formas alternativas. Especialmente los socialistas y quienes proponen economías estatales y de planificación centralizada han sido extremadamente críticos, partiendo por el marxismo que tiende a ver capitalismo también en estas economías basadas en la cooperación y la solidaridad. Algunos la valoran en ciertos aspectos, pero nunca validándola como propuesta general, mientras que el pensamiento económico capitalista ha siempre dicho que esta economía es ineficiente porque no estimula la competencia ni el natural afán de lucro, y también por una serie de razones específicas en las cuales se han detectado efectivas ineficiencias propias de economía basadas en principios y normas rígidas, en las que ha faltado flexibilidad y orientación económica racional. Entonces, defendiéndose de estas críticas, quienes buscan economías alternativas, careciendo de un propio pensamiento económico, se distancian de lo económico y no se piensan así mismas como propuestas económicas. Este ha sido un tremendo vacío histórico-cultural, que les ha impedido fortalecerse, orientarse con eficiencia, asumir objetivos económicamente racionales. Esto pudo ser así, y convivir con el desarrollo de estas experiencias, porque el cooperativismo, la autogestión, el mutualismo, las economías populares, no obstante carecer de pensamiento económico, se han desarrollado en base a la fuerza de sus valores y motivaciones ideales. Pero la carencia teórica hoy se hace manifiesta; antes se podía convivir con esa carencia, porque las motivaciones eran fuertes, pero también porque estas experiencias recibieron apoyos del Estado, que suplía ineficiencias y las validaba políticamente, dictando leyes que las protegieran justificadas en la convicción de que eran merecedoras de ciertas extensiones tributarias, de ciertos subsidios, de ciertos apoyos públicos, y eso también las legitima, las valida socialmente y les provee recursos, contribuyendo también de alguna manera a resolver la cuestión de la toma de decisiones económicamente racionales.


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